EL PRESIDENTE DEL CAMBIO AL QUE ACUSAN DE DAR UN “GOLPE” A LA CORTE SUPREMA

SAN SALVADOR.- Irrumpió en 2019 como un terremoto que cambió la política de El Salvador. Hoy, a casi dos años de asumir la presidencia, Nayib Bukele está en el ojo del huracán: la oposición y organismos internacionales le acusan de atentar contra la independencia de poderes de los órganos del Estado.

A Nayib Bukele, presidente de El Salvador, no le ha temblado el pulso. A todas las críticas nacionales e internacionales que lo acusan de estar construyendo una dictadura y terminar con la división de poderes tras su decisión de destituir al fiscal general y sustituir a los jueces de la Corte Constitucional, ha respondido con un vídeo de corte mesiánico acompañado de la frase “estamos construyendo una nueva historia”. En el mismo, una voz en off celebra el surgimiento de un nuevo país “verdaderamente libre y soberano” y resume su polémica decisión como “un punto de quiebre entre lo viejo y lo nuevo”. A lo que Bukele considera “viejo” son las instituciones que decidió cargarse el sábado poco después de que sus diputados tomaron posesión del cargo agravando, de esta forma, una de las crisis más profundas de la historia reciente del país centroamericano.

A todas las críticas Bukele respondió envolviéndose en la bandera del “pueblo” y anunció que seguirá con la sustitución de funcionarios. “El pueblo no nos mandó a negociar. Se van. Todos”, escribió este lunes sin precisar qué funcionarios siguen en la mira del parlamento, donde su partido controla 61 de los 84 escaños.

Aunque el vídeo publicado ha servido para dar argumentos a sus seguidores para hablar de una nueva época no ha logrado frenar la presión internacional y la catarata de críticas llegadas de gobiernos extranjeros, organismos de Derechos Humanos, las Naciones Unidas (ONU) o la Organización de Estados Americanos (OEA) ante lo que consideran una preocupante decisión que no cumple ni siquiera con los más mínimos requisitos estéticos. No había pasado ni una hora desde que los diputados de su partido, Nuevas Ideas, tomaron posesión del escaño el sábado — resultado de las elecciones de febrero que ganó por abrumadora mayoría— y ya estaban fuera del cargo los jueces que algún día le plantaron cara.

Desde Bruselas, el último en sumarse a las críticas, Josep Borrell, encargado de la política exterior de la Unión Europea, dijo estar “preocupado” por el funcionamiento del Estado de derecho y la separación de poderes así como “la seguridad jurídica y física de los magistrados”. Desde Estados Unidos la vicepresidenta, Kamala Harris, defendió la importancia de “un poder judicial independiente para una democracia sana y una economía fuerte”, escribió en Twitter.

En el mismo sentido, el secretario de Estado, Antony Blinken, habló con Bukele para expresarle sus “serias preocupaciones” y Juan González, el enviado de Joe Biden para América Latina, resumió el sentir de la comunidad internacional en cuatro palabras: “Así no se hace”. A la cadena de reproches se unió el relator especial de la ONU sobre la independencia de los jueces, Diego García-Sayán, quien condenó los intentos de Bukele “para desmantelar y debilitar la independencia judicial”. Desde Human Rights Watch o la OEA, Santiago Cantón, jefe de la delegación que cubrió El Salvador, criticó a Bukele “por continuar deteriorando la frágil democracia salvadoreña”.

A todos ellos, el telegénico presidente centroamericano, contestó tuiteando compulsivamente durante el fin de semana y hasta se enzarzó en un surrealista intercambio de reproches con el líder opositor de Venezuela, Julio Borges, mano derecha de Juan Guaidó, quien escribió: “No hay dictaduras de derecha o izquierda: hay dictadura. No hay dictaduras buenas o malas: hay dictadura”, escribió Borges. La mención no gustó a Bukele, paradójicamente asesorado por publicistas cercanos a Guaidó, que respondió: “Si ustedes quieren llegar al poder para dejar al fiscal de Maduro y a la Corte de Maduro, mejor díganle al pueblo la verdad. Díganles que apoyarlos a ustedes es igual que apoyar a Maduro. En El Salvador, nos costó 30 años liberarnos del régimen. No vamos a retroceder ahora”.

Según Bukele, su Gobierno está inmerso en lo que llama “limpiar la casa” y que supuso, la destitución, con el apoyo del Congreso, de un grupo de jueces de la Corte Suprema y el fiscal general, encendiendo las alarmas sobre intentos de concentración de poder. Las destituciones son la última respuesta a una larga lista de agravios contra magistrados y diputados opositores valiéndose de su mayoría absoluta. Todo indica que Bukele seguirá aplicando el rodillo y en los próximos días, correrán similar suerte los titulares de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, la Procuraduría General de la República, el Tribunal Supremo Electoral y la Corte de Cuentas.

En febrero del año pasado, el mandatario salvadoreño ya intentó tomar la Asamblea Legislativa acompañado del Ejército cuando los diputados opositores frenaron un nuevo crédito destinado a la lucha contra las pandillas. En esta ocasión el presidente se ha tomado el Órgano Judicial a partir de la desarticulación de la Sala de lo Constitucional. El sistema salvadoreño tiene mecanismos de control y de rendición de cuentas y durante los dos años que Bukele lleva en el poder se había convertido en una institución que había controlado de manera efectiva los excesos del mandatario durante la pandemia y resultaba odiosa para el presidente.

El papel del nuevo fiscal general en el Gobierno de Bukele no tardó en aflorar: Rodolfo Delgado puso en duda la continuidad del trabajo de la comisión contra la Impunidad de la OEA en El Salvador y anunció que revisará el convenio existente con este organismo, uno de los pocos organismos que hasta el momento trabaja de forma libre e independiente en la era Bukele y que había identificado 12 casos de posible corrupción en su Gobierno.
“El candidato del cambio”

El presidente del cambio

Nayib Bukele se presentó como “el candidato del cambio” con un estilo propio y mediático que rompió con la política tradicional salvadoreña.

Nacido en familia de origen palestino, Bukele conectó, entre otras, con las generaciones más jóvenes del país.

Para ello utilizó su experiencia como empresario del mundo del marketing y la publicidad para desarrollar una campaña con fuerte presencia en redes sociales.

Entonces, más allá de su imagen, pocos conocían sus verdaderas inclinaciones políticas debido a su paso por partidos de corrientes ideológicas opuestas.

Quienes lo conocían destacaban su inteligencia, innovación y conocimiento de la problemática de El Salvador, especialmente después de sus años como alcalde del pequeño Nuevo Cuscatlán y posteriormente de la capital, San Salvador.

En ambos municipios lo hizo como miembro del partido izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) del que fue expulsado en 2017 por discrepancias internas.

Tras su salida del Frente se posicionó como líder de Nuevas Ideas, un movimiento que no pudo concurrir a las elecciones de 2019 por no inscribirse a tiempo como partido político, lo que obligó a Bukele a buscar una salida de emergencia.

Fue en ese escenario que, a escasos minutos de que venciera el plazo, Bukele sorprendió al inscribirse como candidato de una formación radicalmente opuesta al FMLN: la conservadora Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA).

Para destacar la lucha contra la corrupción como uno de sus máximos estandartes, Bukele popularizó en su campaña el lema “El dinero alcanza cuando nadie roba”. También anunció que apoyaría la creación de una comisión contra la impunidad en el país con acompañamiento internacional, como se hizo en las vecinas Guatemala y Honduras.

Pero entonces se le criticó haber acabado en GANA, “una creación del expresidente (Antonio) Saca (condenado a diez años de cárcel por desvío y lavado de millones de fondos públicos durante su gobierno) y de alguna de la gente más corrupta de la política”, según apuntó el empresario Rafael Castellanos, empresario salvadoreño afín a la derecha.

A pesar de las dificultades para ser encasillado políticamente, Nayib Bukele consiguió un doble triunfo histórico en las elecciones de 2019: rompió tres décadas de alternancia en el poder del FMLN y Alianza Republicana Nacionalista (Arena) y se convirtió en el presidente más joven en la actualidad en América Latina con 37 años.

El Salvador, hastiado por la pobreza y la violencia, vio en Bukele el símbolo de la renovación política.

Choques de poder

En el primer año al frente del país, las encuestas seguían dando un apoyo mayoritario de la población salvadoreña a Bukele.

Pero en esos 12 meses también enfrentó duras críticas por algunas de sus decisiones, especialmente desde organismos internacionales y de derechos humanos.

Sus enfrentamientos públicos con el Congreso y la Corte Suprema y sus drásticas medidas frente a la pandemia de coronavirus llevaron a que algunos le acusaran de autoritarismo y de querer acumular demasiado poder hasta el punto de poner en peligro la joven y frágil democracia del país.

La inquietud de ciertos sectores hacia la figura del presidente salvadoreño se disparó a raíz de su polémica entrada en la Asamblea Legislativa acompañado de militares en febrero de 2020.

Con aquella sorprendente imagen, bautizada popularmente como “Bukelazo”, pretendía presionar al Congreso -en el que su partido entonces no tenía representación- para que aprobara la financiación de la siguiente fase de su plan de seguridad.

Desde entonces, los choques públicos de Bukele con el Congreso fueron más que frecuentes. Pero no solo se enfrentaba al Poder Legislativo: también lo hacía con el Poder Judicial.

En el marco de una de las respuestas al coronavirus más estrictas de la región, policías y militares salvadoreños detuvieron desde el inicio de la pandemia a miles de personas por incumplir la cuarentena domiciliaria y los encerraron en centros de contención.

Muchos denunciaron las condiciones insalubres de algunas de estas instalaciones, haber pasado más semanas encerrados de las que les correspondían o incluso haberse contagiado de covid-19 allí dentro.

La Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema emitió una resolución para ordenar que cesaran estas detenciones “arbitrarias”, pero la primera respuesta de Bukele fue tuitear que no pensaba acatarla.

Bukele vio cómo algunas de sus medidas y estados de emergencia frente al covid-19 eran frenados por la Asamblea y la Corte Suprema, por lo que a finales de mayo incluso anunció que demandaría a ambas ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) “por la violación al derecho a la vida y a la salud del pueblo salvadoreño”.

Pero la CIDH respondió que no tenía competencia para resolver controversias entre órganos del Estado.

Polémica con las pandillas encarceladas

Otra de las medidas que levantó gran polémica fue la decisión de Bukele de endurecer las condiciones de aislamiento de pandilleros encarcelados y, especialmente, de juntar a miembros de grupos rivales en las mismas celdas.

La iniciativa fue dada a conocer con unas ya famosas imágenes en las que se veía a cientos de presos amontonados en el suelo, esposados, semidesnudos y sin mantener ningún tipo de distancia entre ellos pese a la pandemia.

El presidente respondió así a un repentino aumento de asesinatos que amenazó con destruir lo que había presentado como el gran logro de su gobierno: la histórica reducción de homicidios desde que inició su mandato.

Human Rights Watch criticó esta decisión de Bukele, que en palabras de José Miguel Vivanco, director de esta organización, “revelaban maldad y crueldad por buscar deliberadamente enfrentamientos entre estos grupos”.

En El Salvador, sin embargo, miles celebraron estas medidas y felicitaron al gobierno por endurecer su postura ante las pandillas, a quienes no perdonan estar detrás de buena parte de la violencia que sacude al país y que ha obligado a huir a muchos salvadoreños amenazados.

Según Tiziano Breda, analista en Centroamérica del Crisis Group, estas polémicas decisiones fueron uno de los motivos que hicieron cambiar en los últimos meses la imagen que muchos tenían sobre Bukele.

“A medida que se acentuaron tendencias como la toma de decisiones verticales, una progresiva erosión de los procesos institucionales y la crítica muy fuerte, casi represión, de cualquier tipo de opinión discordante a él, sin duda la percepción internacional cambió”, dijo a BBC Mundo.

El segundo triunfo histórico de Bukele

La victoria del mandatario en las elecciones de 2019 fue respaldada por otro triunfo electoral histórico.

En marzo de 2021, Nuevas Ideas, su partido, arrasó en las elecciones a la Asamblea Legislativa. Bukele no tenía representación en este organismo y, en cierta medida, eso suponía un contrapeso a su poder.

Por lo tanto, esa victoria le permite pasar leyes y aprobar presupuestos sin necesitar el sí de la oposición.

Ese triunfo fue visto por muchos como la oportunidad para que el presidente pudiera poner en práctica su agenda de su gobierno y fomentar medidas sin los lastres y enfrentamientos que protagonizaba contra el Legislativo.

Sin embargo, los más críticos con el gobierno temen que un “poder absoluto” pudiera ser el “fin de la institucionalidad” en el país latinoamericano.

“Desde que llegó a la presidencia, Bukele no solo ha mostrado rasgos importantes de autoritarismo, sino que ha debilitado significativamente las instituciones y ha ignorado muchos de los controles impuestos a la acción ejecutiva” le dijo entonces a BBC Mundo José Miguel Cruz, experto en El Salvador de la Universidad Internacional de Florida, en Miami.

Bukele, ahora con 39 años, siempre ha negado cualquier acusación de autoritarismo y afirma que sus adversarios se oponen a sus políticas porque con el ascenso de su proyecto ven amenazados “sus privilegios”.

Pero a pesar de esta negación, la decisión de su afín Asamblea de reemplazar a los magistrados y al fiscal general no ha hecho más que aumentar las criticas por su acaparamiento progresivo de poder.

Apoyo popular, condena internacional

En el primer año de su gestión, los salvadoreños respaldaron la labor de Bukele.

De acuerdo a una encuesta publicada el 24 de mayo de 2020 por el diario salvadoreño La Prensa Gráfica, el 92,5% aprobaba el trabajo hecho por el mandatario.

El expresidente del partido conservador Arena Walter Araujo destacó entonces cómo ningún presidente en la historia de El Salvador había logrado estos niveles de aprobación a un año de gobierno “por parte de quien tiene que decidir si ha hecho una buena o mala gestión: el pueblo salvadoreño”.

La crisis del coronavirus ha sido un desafío para la mayoría de los países de la región y a muchos presidente les ha costado una pérdida de popularidad.

Ese, de momento, no parece ser el caso para Bukele. Según una encuesta reciente de la consultora CID Gallup, el 98% de los salvadoreños aprobó su gestión de la pandemia.

El respaldo dentro de El Salvador a Bukele contrasta con las críticas internacionales.

EL PAÍS / BBC NEWS